Monday, August 11, 2008

Cultura y poder: a propósito de la clausura de El Cantón de la Rueda y similares dislates


Enrique G. Gallegos[1]

Pocas actitudes son tan perniciosas para la cultura como el desprecio de quienes ejercen el poder (político, social, instrumental), aun por encima de la indiferencia. Sobre todo si éste se reviste de una supuesta legitimidad democrática. Algo anómalo ha de pasar por la cabeza de los funcionarios cuando clausuran un espacio cultural. El subterfugio legal no debe colocarse como argumento. A lo sumo sintetiza el pretexto de quien no tiene argumentos.
Aun en el supuesto de que la cultura sirva para poco o nada, tampoco se puede afirmar que sea perjudicial. Hasta donde sé ninguna lectura de poemas ha conspirado contra la seguridad del Estado. Si un trío de locos se reúnen para planear una revista, una exposición o un festival que seguramente los dejará en bancarrota, no puede llegar otro más rematado a culparlos de “ilegalidad”. Es el colmo de la chifladura. Habría que insistir: es más peligroso un burócrata con un reglamento municipal en la mano que un poeta con un par de versos. Intuyo que detrás del comportamiento de los funcionarios municipales se encuentra el viejo esquema del autoritarismo de la era del PRI: la imposición, la falta de diálogo, la incapacidad para escuchar y hacer distinciones, pero sobre todo la falta de respeto a la otredad (particularmente si es algo que no se entiende como el arte y la poesía). La táctica del “palo o pan”. Lo más sensato era revisar, investigar, pedir cuentas y sólo después actuar.
Bajo el artilugio del “Reglamento” se atropellan las más elementales condiciones en las que un artista, escritor o poeta debe trabajar. Y no se trata de becas, estímulos, concursos, subsidios, incremento de burócratas y construcciones de magnos “Centros Culturales” y fastuosas bibliotecas que albergaran libros que nadie consultara. Es algo mucho más elemental: no obstruir y dejar hacer. Vamos: no estorbar. Si los burócratas (regidores, directivos, inspectores) han mostrado una ineptitud histórica, lo más elemental que deben hacer es no entorpecer y torpedear los pocas o muchas, mediocres o buenas, acciones, programas y actividades que se realizan en esos espacios culturales.
Pero justamente la medianía de quienes dirigen los destinos ciudadanos no parece aceptar la creación de espacios alternos de cultura. Cobijados en el velo de su ignorancia (nada que ver con Rawls) no alcanzan a distinguir la diferencia entre un espacio cultural y un centro botanero, entre una galería y una cenaduría, entre un libro no industrial y los “chetos”. Tampoco se trata de sacralizar la cultura y pretender resituarla en el Parnaso. La exigencia sigue siendo elemental: no estorbar. Si el burócrata no ayuda, tampoco debe obstaculizar. La claridad de la frase encierra lo que debería ser una premisa básica de la administración municipal. ¿Por qué en lugar de pretender controlar no se libera lo más posible de regulación a los espacios culturales? Un simple aviso a la autoridad y un procedimiento sumarísimo bastarían para instalar un centro cultural. La discusión de si es negocio o no, es volver a confundir los términos y olvidar lo elemental: la cultura es un entramado de símbolos, prácticas y cosmovisiones que dan sentido, cohesión y orientación a individuos y grupos sociales. Si alguien logra lucrar con ella o de plano cae en bancarrota es otro boleto.
Si la cultura que hacen o pretenden hacer esos espacios culturales tiene significación social enraizará en obras, en actos, en libros y desencadenara intuiciones, propuestas o movimientos; si no, pasará a ser otro flamígero en la larga cadena de historias de la insignificancia (lo cual tampoco está mal). Pero algo debe quedar claro: si la cultura tiene sentido siempre será al margen de las oficinas de gobierno, de sus reglamentos, circulares, decretos, iniciativas y demás jerga burocrática. Por ello, clausurar un espacio cultural no sólo es imprudente sino ridículo.
Pero lo ridículo se vuelve trágico cuando quien clausura tiene además el poder discrecional de incorporar la cultura con el espectáculo y el entretenimiento semanal.
[1] Poeta, filósofo y crítico literario

3 comments:

Niul said...

En el colectivo soñamos todos, o pocos. Y del colectivo sacamos mucho.
No se trata de permisos o disfraces, sino de la ineptitud de las autoridades y los procedimientos madreados y generalizados que utiliza en toda circunstancia.
Más que orden público, denuncia una total ignorancia y un desentendimiento, que se refugia detrás de un reglamento.

P.Avellaneda said...

LAMENTABLE, ¿que mas puedo decir?, nuestras instituciones le apuestan a la ignorancia y al vació del "cultivo" del espíritu, que solo propicia que crezca la maleza social misma que luego quieren controlar con cárceles y la "intervención del ejercito" y se olvidan que en la educación y por ende en la cultura, tienen la solución a los problemas del estado.
P. Avellaneda

fabio said...

simón!